31 May

El Niño Costero: la oportunidad. ¿Y qué hacemos con Graña y Montero?

Dice el editorial de la revista Construir que el gobierno del Perú destinará USD 9.000 millones a la reconstrucción y modernización de las infraestructuras del país. Asumiremos que el coste es de ese orden. Es una cantidad considerable y requerirá esfuerzo, pero también debería ser visto, más allá de las pérdidas humanas (113 fallecidos leemos en La República), como una oportunidad, empresarial y social, para mejorar muchas situaciones.

 

Nos ha hecho pensar en algunos de los grandes desastres naturales de los últimos veinte años y su esfuerzo en la reconstrucción.

 

El terremoto de Kobe en Japón (6,9 Richter), en 1995, causó 6.500 muertos, destruyó 150.000 edificios y dejó a 600.000 personas sin hogar. Coste estimado USD 114.000 millones, de 1995 (Peter Drysdale, EastAsiaForum, 14-3-2011).

 

El terremoto de Sendai, también en Japón, (8,9 Richter, 178 veces más violento que el de Kobe), causó 28.000 muertos, destruyó 138.000 viviendas y desplazó a 465.000 personas. Coste estimado, USD 360.000 millones. Aparte de que el coste final del cierre de la central nuclear de Fukushima, paralizada por el tsunami relacionado con el propio terremoto, esté aún por estimar completamente.

 

El huracán Katrina, en Nueva Orleans, en el sur de Estados Unidos, causó un máximo de 1.836 muertos y su coste ha sido estimado en un rango entre USD 114.000 millones y USD 250.000 millones.

 

Es bueno poner la situación de Perú en perspectiva. Japón es un país económicamente mucho más grande (su PIB es 25 veces el de Perú). Economía a economía, proporcionalmente, el Niño Costero (que ha destruido 21.000 viviendas), es más costoso (grosso modo) para Perú de los que fue el terremoto de Kobe para Japón. Y algo así como la mitad de lo que costó el terremoto de Sendai.

 

el niño costero graña montero

Catástrofe de El Niño Costero. Fuente: El Universo

 

Pero es que si lo ponemos en relación con el huracán Katrina, el impacto del Niño Costero es como mínimo cuatro veces superior (el PIB de Estados Unidos es unas 107 veces el de Perú), de nuevo proporcionalmente, país a país, con los daños en Nueva Orleans. Aunque es cierto, aquél mató más gente.

 

Así que no hay que minimizar el esfuerzo: es grande. No sólo en miles de millones, sino en impacto proporcional en la economía del país. Y si el impacto es grande, la oportunidad de mejora que presenta también debería serlo. Está bien que el organismo que se ocupa de la reconstrucción opere bajo una ley que lleva en su título “Reconstrucción con Cambios”.

 

Lo que interesa de verdad no es sólo reconstruir. Hay que cambiar cosas. El qué hacer después de los desastres debe procurar minimizar los daños (evitando por ejemplo la ocupación en zonas no aptas o “de alto riesgo no mitigable”), si las circunstancias se repiten. Pero debe, sobre todo, hacer que cambien cosas para que, al final, la situación sea, idealmente, mejor que antes del desastre.

 

Leemos una interesante columna de Verónica Zavala, representante del Banco Interamericano de Desarrollo -BID- en México, titulada “Reconstrucción 4.0”. Zavala explica las nuevas tecnologías que ya están disponibles y que es cuestión de ordenar y utilizar. Como el big data (en que cita el movimiento de refugiados en Europa como ejemplo y su similitud con los desplazados por un desastre natural), el blockchain para mejorar los registros de suelos e impedir la ocupación de los que no sean seguros o el uso de drones en la evaluación de daños.

 

Por ahí van los tiros. Y es ahora, ahora precisamente, cuando el gobierno peruano tiene que aterrizar esas tecnologías (incluidos los drones, que hay que saber cómo…), para aplicarlas a la reconstrucción y a mejorar el futuro.

 

Añadiríamos una cosa más. En una entrevista que le hace La República al Sr. Pablo de la Flor, director ejecutivo de la Autoridad de la Reconstrucción con Cambios (RCC), el titular apunta a la exclusión de las compañías “asociadas a un proceso de corrupción” (la general y la específica del caso Odebrecht). Está bien. Y se insiste en la posible exclusión de Graña y Montero. Ahí tenemos duda. Comprendemos el enojo del ciudadano de a pie por la corrupción de políticos y empresarios a costa de los dineros públicos. Pero Graña y Montero está cumpliendo penitencia, que nos atrevemos a decir cuestiona incluso su viabilidad como empresa. Y Graña y Montero no es sólo una cúpula o determinados individuos que han actuado de forma ilegal. Es también un conjunto, probablemente una de las mayores reservas de ingenieros (incorruptos, valga la expresión) y de experiencia sobre ingeniería civil con que cuenta Perú. No sabemos si es el momento, en circunstancias tan excepcionales, para ser, si nos perdonan, puristas. Que siga la justicia su curso. Que se condene a los culpables. Pero que se aprovechen, con todas las cautelas propias, los recursos de que se dispone.

 

Por cierto, volviendo a la Sra. Zavala del BID, ella acaba su artículo diciendo que para aplicar las nuevas tecnologías, un buen comienzo sería convocar a los jóvenes, “quienes tienen las mejores pistas para transitar en esa nueva economía”.



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