18 May

Energía, bendito tesoro.

Anteriormente hemos comentado la dificultad de establecer los consumos de la energía en los edificios de oficinas, al menos de forma apriorística o universal entre casos. Sin embargo todos somos —o deberíamos— ser conscientes del impacto de estos consumos al hacer frente a las facturas periódicas que debemos abonar.

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Siendo éste un tema recurrente en el balance de cualquier empresa, el coste de la energía es uno de los grandes desconocidos. La relación entre el consumo (o la intensidad energética) y el coste del kilovatio hora resulta, de forma desmarcada en nuestras latitudes, un lastre a la competitividad de las empresas. Ello se debe tanto al consumo energético en relación a la productividad,

 

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Figura 1. Relación entre el consumo final de energía y el valor añadido medido en paridad del poder adquisitivo constante para el sector servicios en 2014. Fuente: Enerdata

 

como a la evolución de los costes de la energía (en relación al PIB).

 

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Figura 2. Variación, en el período 2004-2015, del coste de la energía eléctrica y del PIB de distintos países de Europa. Fuente: Eurostat/Statista

 

Aunque donde tenemos mayor capacidad de intervención es en el consumo energético, parecería importante entender tanto el coste de la energía como su contexto. Hablemos pues del coste de la energía.

 

Evolución y contexto de los costes de la energía

A pesar de las distintas campañas de (des)información sobre los costes de la energía y su evolución, siempre nos quedará la estadística objetiva para situar cada cosa en su lugar. Así, de las distintas fuentes accesibles (desde el World Energy Council, a la base de datos del Odyssee-mure), quizás la que nos da una mejor relación en nuestro contexto es el eurostat, ya que recoge los datos de los distintos estados miembros de la Unión Europea.

Sumergiéndonos en esta fuente, es posible comprobar como los costes de energía, en España, han crecido de forma desmesurada en los últimos años.

 

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Figura 3. Evolución de los costes de la energía en España (electricidad izda., gas dcha.) en el período 2004-2015 y para industria de tamaño medio. Fuente: Eurostat

 

Dicho en plata, tanto el coste de la electricidad como el del gas se han duplicado —aproximadamente— en los últimos 10 años, incluso sin considerar los incrementos en los impuestos a la energía (no valorados en estos datos). No entramos aquí en las previsiones de futuro, toda una pseudociencia con muchos adeptos, aunque en síntesis ninguna predicción plantea una reducción de precios a corto-medio plazo.

Podría parecer que ésta es una tendencia generalizada en nuestro entorno, aunque ya hemos apuntado en la figura 2 que esto no es realmente así (o, al menos, no en la intensidad de nuestro caso). Si echamos un vistazo más en profundidad, veremos que en éste sector destacamos entre el global de forma significativa;

 

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Figura 4. Precios de la electricidad 2015 por países de la Unión Europea. Fuente: Eurostat

 

En valor absoluto, y para la fuente más habitual del sector de oficinas, el precio de la electricidad en España es el sexto más elevado de los 28 estados miembros (el segundo en países no insulares), sin contar que considerado las tasas, ascendemos hasta la cuarta posición (teniendo en cuenta que las tres primeras las ocupan países con PIBs significativamente más elevados y con una estrategia energética clara, como Alemania y Dinamarca, o insulares, como Irlanda).

No entraremos tampoco a valorar el porqué de esta realidad, tema muy politizado, aunque en cualquier caso parecería claro que es un resultado evidente de la (no) planificación energética, sea por desconocimiento de los sucesivos gobiernos, sea por presiones de determinados lobbies. Sea como fuere, todo indica que seguiremos en estas posiciones avanzadas aún muchos años.

 

Los costes de la energía como consumidores

Más allá de los datos de contexto, nuestra afectación final viene determinada por la factura energética y los distintos actores que inciden en la misma. Las figuras más relevantes son las productoras y distribuidoras (que suelen venir dadas por ubicación geográfica), así como las comercializadoras (el final de la cadena, que son elegibles y operan en el mercado libre con precios no regulados por el gobierno). Estas últimas, son las encargadas de pagar, a nuestro nombre, las correspondientes cuotas de producción y distribución a las primeras. Además existen muchos otros actores indirectos que inciden en nuestra factura, la mayoría a través de las distintas tasas e impuestos añadidos.

Más allá del detalle de la factura energética y su estructura (que se pueden valorar con herramientas como las del Ministerio de Industria, Energía y Turismo), para las fuentes más habituales (electricidad y gas) cabe remarcar,

  • Las distintas tasas e impuestos que se han ido añadiendo a la factura, muchas de ellas ligadas al servicio contratado, y no solo al consumo realizado. Algunas de las mismas se nos aparecen como subsidios sectoriales (la ligada al carbón), o incentivos de infraestructuras, cuando menos, cuestionables (la ligada a la nuclear).
  • El cambio normativo que ha permitido gravar más el término fijo (potencia contratada) por encima del variable (consumo energético), a imagen y semejanza de otros servicios (por ejemplo, la telefonía). Aunque ello no impida la viabilidad de las políticas de ahorro, tampoco las promueve.

En resumidas cuentas, pocas sorpresas y márgenes estrechos.

 

Y entonces, ¿qué se puede hacer?

Aunque como usuarios somos meros espectadores de las tarifas energéticas, existen márgenes de actuación que, a pesar que en valor unitario puedan resultar menores, en la integral de la factura llegan a ser relevantes en grandes consumidores. Básicamente nos referimos a ajustar la contratación del servicio, sea por la compra directa, por la selección de la distribuidora, o por actuaciones orientadas como las compras agregadas.

De todo lo anterior, y en última instancia, ser lo más independientes posibles de las afectaciones del coste pasa por revelarse como la mejor actuación. En esta línea sólo queda irse al otro extremo de la ecuación; las políticas encaminadas a la reducción de consumos (actuaciones de eficiencia energética) y al uso de fuentes renovables (una tendencia internacional, a pesar de las barreras temporales locales) son las que pueden conducir a una reducción efectiva de costes directos. El premio, un aumento en la competitividad directa, y una aportación global indirecta; ¿que más se puede pedir?

 

 


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