02 Nov

¿Agente inmobiliario o consultor?: escoja.

RICS; ¿cuál es su relevancia?

El pelotazo necesario de Castellana Norte


El desarrollo inmobiliario incluye un conjunto de actividades que tienen lugar en un continuo de etapas, extenso en el tiempo. Desde, en un extremo, la situación urbanística de un terreno y la posible construcción sobre el mismo hasta, en el otro, el uso y la necesaria gestión de un inmueble en el largo plazo. Así conseguimos nuestras viviendas y son posibles otros edificios, que alojan a las empresas y servicios que hacen posible nuestra vida cotidiana.

 

Nos atreveríamos a clasificar ese “continuo de etapas”, para los inmuebles de uso privado en particular, en tres bloques, conscientes de que existen solapamientos:

 

  • Uno primero “técnico”, que va desde la clasificación y calificación del suelo, a la elaboración del proyecto constructivo y la ejecución del mismo, hasta obtener un edificio terminado. Pero vacío.
  • Uno segundo “comercial”, en que se consigue la ocupación del inmueble, bien por nuevos propietarios que lo adquieren total o parcialmente, bien por inquilinos que acuerdan su uso por un período de tiempo, también por el todo o en parte. Y a partir de esa primera ocupación se procura siempre que el inmueble siga ocupado, renovándose los propietarios o inquilinos en el tiempo.
  • Y una tercera “de gestión”, en la que se trabaja para que el inmueble cumpla eficazmente con su función y se mantenga en buen estado de conservación.

 

Sobre todo ello sobrenadan por una parte la economía y las finanzas: que los costes y los ingresos estén bien previstos y que se disponga de recursos propios y ajenos estables para completar la etapa correspondiente a cada uno sin sobresaltos. Y por otra la necesaria seguridad jurídica, para que nadie vea perjudicados sus legítimos intereses. Los promotores o desarrolladores cabalgan entre el bloque primero y el segundo y los inversores o fondos entre el segundo y el tercero. Y ocasionalmente sobre el primero.

 

En las tres casos reconocemos sin dificultad a variadas profesiones o especialidades: urbanistas, arquitectos, ingenieros estructurales, ingenieros de edificación o aparejadores, fabricantes de equipos y materiales de construcción, constructores y “project managers”, “quantity surveyors”, agentes inmobiliarios, expertos en valoración, consultores, abogados, financieros, administradores de fincas, “property managers” o “facility managers”. Y expertos en energía y sostenibilidad. Y si siguiéramos seguramente podríamos añadir a la cadena de valor inmobiliaria al jardinero que está aquí abajo podando las palmeras y cosas así.

 

Todos los que somos “inmobiliarios”, formamos parte de esta constelación de oficios. Algunos, especialistas, centrados de forma clara en una actividad que se corresponde con una formación. Tal sería el caso de los abogados inmobiliarios, de los ingenieros de edificación o de muchos, o la mayoría, de arquitectos. Otros, casi los más, son generalistas con bordes más difusos en cuanto a formación y capacidades. Gente que entiende un poco de todo, desde contratos a valoraciones o de finanzas  y urbanismo.

 

En el caso de la consultoría inmobiliaria abundan los generalistas, lo que permite que en la misma convivan profesionales de formación diversa junto a otros cuya principal cualificación es su experiencia o don de gentes. De ahí el valor que concedemos a la función que en el Reino Unido cumple el RICS y echemos de menos un sistema de cualificación semejante en España.

 

Pero, en suma… ¿agente inmobiliario o consultor?

 

Pensando en los jóvenes que se incorporan a la ¿profesión? inmobiliaria y que oscilan entre el trabajo como agentes dedicados a la intermediación pura y consultores dedicados… muchos también a la intermediación pura, se nos ocurren algunos parecidos y diferencias, que cada uno podrá utilizar para construir su propio DAFO:

 

  • La consultoría inmobiliaria es un negocio “B-to-B” -Business to Business” con una barrera de entrada alta, en que normalmente se trabajará para un tercero. El trabajo está cada vez más concentrado en empresas grandes, que van ganando cuota de mercado. Las empresas pequeñas (también conocidas en la jerga como “chiringuitos”) tienen cada vez menos posibilidades. Se gana en especialización lo que se pierde en alternativas laborales fuera de dicha especialización. El mercado es relativamente estrecho y está ceñido a otras consultoras o a inversores en el sector de la propia especialidad. Si la especialidad es en gestión, los grandes propietarios o usuarios son también una posibilidad. En España es una ocupación sobre todo para Madrid o Barcelona.
  • La agencia inmobiliaria es un negocio “B-to-C” -Business to Consumer- con una barrera de entrada relativamente baja y en la que es posible trabajar para uno mismo, incluso como autónomo individual. No exige una formación específica, pero ninguna sobra y hay que ir aprendiendo a base de cursos. Se puede realizar en todo el país y las claves están en el conocimiento del territorio, encontrar la zona apropiada, la empatía con los clientes, armarse de tecnología, desarrollar habilidades sociales y observar un conjunto de valores que tienen toda la lógica pero hay que saber mantener: Ética, Honorabilidad, Objetividad, Lealtad, Responsabilidad, Respeto, Cortesía, Puntualidad, Persistencia y Solidaridad (valores que recogemos de Aspai, la Asociación Peruana de Agentes Inmobiliarios, porque nos parecen muy bien expuestos).

 

¿Hay negocio? Ésa es otra cuestión que intentaremos contestar cuando nos quede más tinta.

 


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